jueves, 29 de noviembre de 2012

Perséfone me llaman.


Llamaban, fantasmas en la madera golpeaban sus nudillos fuertemente. Venían hacia mí abriéndome aquella puerta y haciéndome cruzar el umbral que me obligaba a olvidarme de las otras dos salidas: mis otras dos salidas.

Irrumpían en la noche como lo estaban haciendo las hiperventilaciones, las lágrimas y los gemidos. El corazón decía que se rompía, mi pecho se cerraba aún más para cumplir su deseo, se entrecortaba la respiración entre sollozos, y entre mucho dolor. La mente desapareció, cualquier intento de fuga se convertiría en una huida mortal. No había nada más que pensar. Sólo sentía. Sentía el soplo de aire frío que entraba por la ventana, y por fin la puerta se abrió.

Una fuerte claridad inundó la habitación y yo, agarrada una vez más a la sábana, me dejaba las uñas para no irme, para no caer de nuevo, para seguir bañada en mi sudor y en mis lágrimas. Salió de mí un grito ahogado, que se quedó en el nudo que tenía en la garganta, ése que todo esto había provocado. Ése que me hizo volver a aquella noche de Agosto.

Ese nudo de impotencia y de estar perdida.

Y aunque sé a dónde me dirijo, tengo miedo.

Sé que ahora soy una esclava del tiempo.

Me llevan muy lejos, allí donde viven perros de tres cabezas, allí donde barqueros se pasean por su laguna en busca de pasajeros con tan sólo una moneda, allí donde pasaré mis próximos seis meses…

Despertaré, y volveré, para sufrir una vez más.