jueves, 16 de enero de 2014

El efecto de un beso de mariposa.

Mi pelo no es tan largo como quisiera
y se me encrespa en seguida.
Cada mañana parezco una fiera, 
culpa de los cabellos polirrizos que ya intenté alisar.

Pero el color te tiene enamorado
y te encanta verlo brillar.
Ni pelirrojo ni castaño:
caoba es el color con el que empezaste a soñar.

No tengo piernas largas y sin un rasguño.
Ni me quedan perfectos, como a ellas, ciertos vaqueros.
Pero sé que son de piedra, 
para pisar bien fuerte por el mundo.
Educadas en ritmos o en ruedas. 
Sea como sea, siempre te dejo mudo.

No tengo manos finas, 
a veces uñas sin pintar,
otras me entran los nervios
y a la boca mis dedos van.
Pero recorrerán tu cuerpo 
en largas expediciones,
en busca de cosquillas,
de tus lágrimas de felicidad.

Tuya es mi espalda.
Para que la beses, y para que cuentes
uno a uno los lunares 
que a las estrellas te lleven.

Nuestro refugio en las noches de verano.
Nuestra manta en las de invierno.

De nariz imperfecta y de labios pequeños.
Me consideran de un montón, o de otro.
Un lunar en la comisura aguarda tu beso.
Ojos que hablan del cielo y del mar.

Ojos que han raptado un par de girasoles.
Ojos que sólo saben mirar a los tuyos.

De lágrima fácil.
Encojo los hombros 
sonriendo al por qué de mi felicidad.
Ni cuerpo de alfiler ni tacón de aguja.

Te contaré mil historias,
te hablaré de mitos.
Te cantaré y te bailaré
sólo si tú lo haces conmigo.

Sé que te gusto en vestido pero, 
cariño,
mis pies me piden hacer pliés
alrededor de tu ombligo...

Por tanto, tacones baratos
sobran a mis tobillos.
Delgados, tatuados,
matados de tanto ritmo.

A veces podré comportarme como una niña.
Callada, con lágrimas.


Quizás me hayas pisado las bailarinas.


Doradas.


Saltando con ellas, 
ignorando que ese niño pisón
me cambiaría la vida...