Qué rápido. Qué rápido has llegado a 100.
Qué fácil te ha sido contar con los ojos cerrados y olvidarte de qué se estaba escondiendo detrás del mundo mientras tú avanzabas con los números.
Qué rápido te giraste. Qué rápido dijiste un "¡Voy!" y en verdad no te moviste de casa, no te separaste de aquello a lo que estabas atado. ¿Ahora qué es lo que te ata?
¿Por qué no buscabas lo que estaba escondido? ¿Por qué cambiaste las reglas del juego?
No me moví, te juro que no me moví.
Pero tú tampoco y eras tú quien la ligabas. Sí, siempre te las ligabas tú: ¿era así el juego? Ahora entiendo por qué no me buscabas, pero sí que contabas por otras, y lo que en verdad maldigo es el juego.
Maldigo a los que hacen trampas.
Maldigo las reglas que han sido saltadas, el contar hasta 100 y que no vuelvas a mí. Cien veces fueron las que lloré. Cien son las heridas que aún hoy parece que sangran. Cien números contaste hasta abrir los ojos. 50 contando lento, 100 contando deprisa. Y, en realidad, el mismo número conté yo hasta abrir los míos.
Perdí mi escondite, pero aún no sé por qué seguía las reglas de un juego que ni me divertía. Me levanté de un salto, dejé de abrazarme las rodillas y salí corriendo hacia él, por última vez. Para salvarme: yo sólo quería salvarme.
"¡POR MÍ!", grité, "¡POR MÍ Y POR TODOS MIS COMPAÑEROS!"
Compañeros que me han visto llorar, que vieron mi corazón roto. Por mí, sólo por mí. Yo tan sólo quería salvarme de ligarla. No quería tomar el relevo de tal juego. Ni siquiera quería seguir formando parte de él.
Te dije que contaras con los ojos cerrados, sin embargo, tú, con los ojos abiertos, viste y contaste las cien heridas que se acumulaban en mi piel. Y en mi alma.
Pero ya no.
Me salvaron mis compañeros.
Me salvé yo misma.
"Por mí".
Y por nadie más.