Me levantaba entre lágrimas gimiendo de dolor. Y allí
estabas, envuelto en un olor tan significante, en tu olor. Ese olor que me
traerá recuerdos dentro de no mucho, si no lo hace ya.
Vivía aquel Agosto, que siempre recordaré, pero que siempre
querré olvidar. El dolor se convertía poco a poco en mi compañero de piso, en
mi hermano, en todo aquello que nunca quise ver en el espejo y, por eso mismo,
lo rompí, uno a uno, en mil pedazos.
Rota, así me sentía yo. Como un alma perdida sin rumbo que
tomar. Como un niño de 7 años que sólo sabe preguntar “¿por qué?”. ¿Por qué te he de extrañar?
La gente me rodeaba, cada vez más. Me dijiste adiós y, como
una inútil, te dejé escapar. Te dejaba ir. Decía adiós junto a ti a momentos
increíbles que, segundo a segundo, me hacían la vida mucho más fácil. “La vida
es menos puta si estás a mi lado”. No llegué a comprender el significado de
dicha frase hasta aquel día. Aquel día en que “Adiós, Claudia” salió de ti. Te
sentía a mi lado para siempre. Éramos, y somos, invencibles, pero siempre que
estemos juntos.
Esa vez te ibas. Para no volver. Mi alma se desgarraba como
nunca antes lo había hecho. ¿Qué me pasaba? Horas enteras, noches sin sueño. Me
dejaban deshidratada de tanto llorar. Insomnio y calor en pleno Agosto. Simplemente,
me quedaba dormida justo en el momento en el que mi cuerpo derramaba una última
lágrima.
Tú jurabas no volver. Me gritabas “te amo”, pero no querías
hacerme daño. Era ahí donde yo veía todo irónico. Me hacías el peor daño marchándote
de mi vida. Si tú querías, te ibas de mi
vida. Si tú querías, yo me iba de la tuya. Y entonces, morí.