miércoles, 21 de diciembre de 2011

Mi rutina al despertar.

El sudor que ahora mismo llevo encima, es resultante de una de mis vidas. Aquella vida por la que me levanto y, aunque algunas veces me mate, sigo adelante porque, aunque lo intentaron, nadie podrá reventarme.
Miraba a un lado y miraba a otro. Maquinaba una a una las gotas de ese sudor que terminó en el suelo.
Como todo en esta vida, qué ironía. Voy montando mi rutina. Pequeñas piezas que faltan en este gran montaje al que aún no se le ha dado cuerda. No, todavía no ha sido el momento exacto para hacerlo.
Miraba a un lado y miraba a otro, me tiraban las piernas, y mi cuerpo quería hacer el tonto. Tiraba de mí la espalda, tiraban de mí mis brazos... Arriba y abajo los abdominales se terminaron. Me dolían los tobillos y me apretaba la garganta. Menuda tarde perfecta para "tele y manta".
Miraba a un lado y miraba al otro, alguien me habló alguna vez de los retos. Otra vez, la palabra superación llegó a mis oídos. Entre regalos insustanciales, luces en los árboles, números en boletos y mesas repletas de hambre, mi tripa ha dicho "basta" antes de tiempo. Me ha jodido el mejor momento de mi día, pero así ha sido.
El alma me apretaba en la garganta para salir ahí fuera, donde todo parece más fácil. Ella vive encerrada en mí, vive presa de mis bailes, de mis comidas y de mis horas de Latín.
La pobre sólo es "libre" a la hora de dormir. Cuando me despierto, día tras día, dando gracias, digo "Uf, menos mal que no se fue de mí."

lunes, 5 de diciembre de 2011

Diciembre se hace notar.

Me quedan cinco minutos. Sólo cinco. Uno a uno los desgasto poniéndome el pijama, mirando esos dos moratones que lucen mi pierna y pensando qué tengo que hacer mañana. Un simple movimiento. El de cada día. Deshago lo más mínimo la cama, como vengo haciendo desde pequeña. Supongo que pensaba que así entraría menos frío. Diciembre se hace notar. Me tumbo, me meto en el sobre y dejo que la gran manta marrón me ayude a calentar mis pies mientras los froto rápidamente.

El abismo se vuelve a abrir, como cada noche. Se hace un agujero negro en mi cabeza que me descoloca. Se abre otro aún más grande en mi pecho que no me deja respirar. Intento cambiar de pensamiento, de tema... Como si de una conversación conmigo misma se tratara. Madre mía. Lo mismo de siempre. Dos segundo de otro tema y, como si lo hubiera hecho aposta, volvemos a lo de antes. Se vuelve a abrir. Frente a mí. Me arrastra. Lalalalalala. Me tapo los oídos. Vuelve a mí la niña de 7 años. Entre sofocos e hiperventilaciones, me destapo, me levanto de un salto, y salgo corriendo a por agua, la que me enseñó a tragarme las penas y a ahogar mis miedos. Botella en mano...
Diciembre se hace notar. Quizás sea por éso por lo que se abre casi cada noche. Quizás sea el frío de finales de año lo que me presiona y me hace intentarlo. Aunque no merezca la pena, el tiempo sigue pasando. Y no puedo gastarlo de cinco en cinco minutos, de sonrisas y de abismos. No sé qué pasará mañana.
...Así que, entre lágrimas y agobio, repito la frase que me ha acompañado desde que soy consciente (si es que podemos decir que ahora lo soy): "Papá, ¿me das un abrazo?".