miércoles, 21 de diciembre de 2011

Mi rutina al despertar.

El sudor que ahora mismo llevo encima, es resultante de una de mis vidas. Aquella vida por la que me levanto y, aunque algunas veces me mate, sigo adelante porque, aunque lo intentaron, nadie podrá reventarme.
Miraba a un lado y miraba a otro. Maquinaba una a una las gotas de ese sudor que terminó en el suelo.
Como todo en esta vida, qué ironía. Voy montando mi rutina. Pequeñas piezas que faltan en este gran montaje al que aún no se le ha dado cuerda. No, todavía no ha sido el momento exacto para hacerlo.
Miraba a un lado y miraba a otro, me tiraban las piernas, y mi cuerpo quería hacer el tonto. Tiraba de mí la espalda, tiraban de mí mis brazos... Arriba y abajo los abdominales se terminaron. Me dolían los tobillos y me apretaba la garganta. Menuda tarde perfecta para "tele y manta".
Miraba a un lado y miraba al otro, alguien me habló alguna vez de los retos. Otra vez, la palabra superación llegó a mis oídos. Entre regalos insustanciales, luces en los árboles, números en boletos y mesas repletas de hambre, mi tripa ha dicho "basta" antes de tiempo. Me ha jodido el mejor momento de mi día, pero así ha sido.
El alma me apretaba en la garganta para salir ahí fuera, donde todo parece más fácil. Ella vive encerrada en mí, vive presa de mis bailes, de mis comidas y de mis horas de Latín.
La pobre sólo es "libre" a la hora de dormir. Cuando me despierto, día tras día, dando gracias, digo "Uf, menos mal que no se fue de mí."

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