lunes, 15 de septiembre de 2014

*A ELLA*

Voz alta y resonante, 
de un amigo me llegaba 
un poema escalofriante, 
del que no se atrevía a decir palabra...

Hoy te quiero yo contar 
la nostalgia que yo tengo, 
que no es más que despertar
en tus ojos, en tu cuerpo.

Mil noches pasarán 
con los mismos sentimientos, 
¿qué es la rosa sin rosal, 
sin espinas ni lamentos?

Si tu amor no ha de llegar.
Y sí, el vino a la vid,
entonces he de juzgar.
Que el amor no es ser feliz.

Soy feliz cuando te tengo
cuando ríes, cuando sueño, 
cuando vienes, cuando vengo, 
si te empeñas, yo me empeño.

A quererte desde hoy,
a que mires en ti dentro, 
pues eso es lo que soy
cuando escribo, cuando pienso.

Pero el pensar ya se acabó, 
igual que Eolo, igual que el viento,
porque al quererte terminó 
toda mi voz, todo mi aliento. 


lunes, 16 de junio de 2014

Apolo y Dafne.

03:54 a.m. Noche cerrada en una habitación abierta.
Por la ventana entraba un suave suspiro de aire. Suspiro que me repetía una y otra vez lo mismo.
Soñaba con aquellas palabras. Cada noche el viento me las traía de nuevo a mi cama. De su olor mi almohada se quedaba impregnada, mi almohada de aquel frío sudor se quedaba empapada. 
Pero, cada noche, la oscuridad me rodeaba. Cada noche los fantasmas pasaban por la ventana. 
Soñaba, sí, con aquellas palabras, pero con otras muchas cosas más...

Mi amor se encontraba de espaldas y, como el horizonte que siempre se nos escapa de las manos, él parecía estar cada vez más lejos, incluso cuando mis pies ya no podían aguantar más zancadas. Me dirigía hacia él. Algunas veces llegaba a rozarle, otras noches conseguía hacerle girar la cara y ver su rostro. Un rostro, no entendía por qué, aterrado. Un rostro en el que podía ver claramente miedo. "¿Miedo de qué?", me preguntaba. En seguida en mil pedazos se rompía mi alma. Otras noches lograba ver con claridad su espalda, aquella espalda tan bonita que tantas veces me quedé observando. Y besando. 
Sigo corriendo detrás de él, pero no llego. Me tiemblan los pies, me falta la respiración y los músculos se tensan demasiado. Me invade la frustración, el no saber qué hacer. Antes de darme cuenta estoy tirada en el suelo, ¿me han fallado las rodillas? Me las abrazo y dejo de correr. Le veo parado. De pie. A apenas unos pasos. Jadeo. Gimo. Mi respiración no puede dejar de ser alterada. Me falta aire y, sobre todo, me falta él. Siento que poco a poco algo de mí se va rompiendo. Entonces, le veo. Sé perfectamente lo que pretende y me levanto de un salto. A veces le llamo gritando, otras veces su nombre se mezcla con un grito desesperado y, otras muchas, las lágrimas ahogan el grito, su nombre, mi cuello. Me ahogan y no puedo verte ni llamarte bien. Repito tu nombre, dos, tres, incluso cuatro veces. Pero no te giras. No vuelves a mí.

Y sigo corriendo. Y sigues alejándote.

No llego a darte un beso. Las yemas de mis dedos apenas rozan tu piel cuando, de repente, desapareces. Algunas noches desapareces, otras te conviertes en laurel. 

Me levanto entre lágrimas y entre gritos. Te tengo pero no te consigo. Por la ventana entraba un suave suspiro de aire. Suspiro que me repetía una y otra vez lo mismo...
...Ven, te necesito. 

jueves, 16 de enero de 2014

El efecto de un beso de mariposa.

Mi pelo no es tan largo como quisiera
y se me encrespa en seguida.
Cada mañana parezco una fiera, 
culpa de los cabellos polirrizos que ya intenté alisar.

Pero el color te tiene enamorado
y te encanta verlo brillar.
Ni pelirrojo ni castaño:
caoba es el color con el que empezaste a soñar.

No tengo piernas largas y sin un rasguño.
Ni me quedan perfectos, como a ellas, ciertos vaqueros.
Pero sé que son de piedra, 
para pisar bien fuerte por el mundo.
Educadas en ritmos o en ruedas. 
Sea como sea, siempre te dejo mudo.

No tengo manos finas, 
a veces uñas sin pintar,
otras me entran los nervios
y a la boca mis dedos van.
Pero recorrerán tu cuerpo 
en largas expediciones,
en busca de cosquillas,
de tus lágrimas de felicidad.

Tuya es mi espalda.
Para que la beses, y para que cuentes
uno a uno los lunares 
que a las estrellas te lleven.

Nuestro refugio en las noches de verano.
Nuestra manta en las de invierno.

De nariz imperfecta y de labios pequeños.
Me consideran de un montón, o de otro.
Un lunar en la comisura aguarda tu beso.
Ojos que hablan del cielo y del mar.

Ojos que han raptado un par de girasoles.
Ojos que sólo saben mirar a los tuyos.

De lágrima fácil.
Encojo los hombros 
sonriendo al por qué de mi felicidad.
Ni cuerpo de alfiler ni tacón de aguja.

Te contaré mil historias,
te hablaré de mitos.
Te cantaré y te bailaré
sólo si tú lo haces conmigo.

Sé que te gusto en vestido pero, 
cariño,
mis pies me piden hacer pliés
alrededor de tu ombligo...

Por tanto, tacones baratos
sobran a mis tobillos.
Delgados, tatuados,
matados de tanto ritmo.

A veces podré comportarme como una niña.
Callada, con lágrimas.


Quizás me hayas pisado las bailarinas.


Doradas.


Saltando con ellas, 
ignorando que ese niño pisón
me cambiaría la vida...