lunes, 8 de noviembre de 2010

Un autobús cualquiera.

Empezaba a caer la tenue lluvia por el cristal del autobús. Mientras ella sacaba su bono de viajes de una funda ya vieja anaranjada. Fito en sus orejas y el poema de Chinato recorriendo sus venas...
Poco queda ya.
Levanta el pie, saluda al conductor y se adentra en un mundo público de miradas que ocultan opiniones.
Críticas para pasar el rato, adinivar de dónde viene y a dónde irá.
Se sienta pensando que debería tener un libro en sus manos...
Todo es tan raro.
Planea cómo llegará a su casa, qué hará, hoy, sinceramente, no tiene ganas de escribir. Tiene miedo de lo que pueda llegar a decir.
De frente el tópico de cada día. No sabe qué tiene. Siempre habrá un hombre cuarentón. O, lo que es peor, un "viejo verde" que le mire a los ojos de ese mismo color y oír las palabras que deja soltar.
Siempre con las mismas.
A veces, por ese intento de piropos que terminan siendo groseramente horteras, se siente como una muñeca.
Una muñeca sucia que tan sólo es capaz de llamar la atención de aquellos que se sienten solos y valoran aquello que no han tenido ni podrán tener, ya no hay vuelta atrás.
Ya no se maquilla, ya ni sonríe en público. No quiere volver a escuchar a ningún señor "educado" que quiera demostrarle lo bella que le parece. No.
Se sienta de espaldas a este tipo de caballeros que, esta vez, se han sentado en el fondo del autobús.
Se vuelve a sumergir en su propia música. Nadie podrá amargarle la vida por el miedo a ser mal querida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario