martes, 23 de junio de 2015

Juego de niños.

Qué rápido. Qué rápido has llegado a 100.
Qué fácil te ha sido contar con los ojos cerrados y olvidarte de qué se estaba escondiendo detrás del mundo mientras tú avanzabas con los números.
Qué rápido te giraste. Qué rápido dijiste un "¡Voy!" y en verdad no te moviste de casa, no te separaste de aquello a lo que estabas atado. ¿Ahora qué es lo que te ata?
¿Por qué no buscabas lo que estaba escondido? ¿Por qué cambiaste las reglas del juego?

No me moví, te juro que no me moví.
 
Pero tú tampoco y eras tú quien la ligabas. Sí, siempre te las ligabas tú: ¿era así el juego? Ahora entiendo por qué no me buscabas, pero sí que contabas por otras, y lo que en verdad maldigo es el juego.
Maldigo a los que hacen trampas.
Maldigo las reglas que han sido saltadas, el contar hasta 100 y que no vuelvas a mí. Cien veces fueron las que lloré. Cien son las heridas que aún hoy parece que sangran. Cien números contaste hasta abrir los ojos. 50 contando lento, 100 contando deprisa. Y, en realidad, el mismo número conté yo hasta abrir los míos.
Perdí mi escondite, pero aún no sé por qué seguía las reglas de un juego que ni me divertía. Me levanté de un salto, dejé de abrazarme las rodillas y salí corriendo hacia él, por última vez. Para salvarme: yo sólo quería salvarme.
 
POR MÍ!", grité, "¡POR MÍ Y POR TODOS MIS COMPAÑEROS!"
 
Compañeros que me han visto llorar, que vieron mi corazón roto. Por mí, sólo por mí. Yo tan sólo quería salvarme de ligarla. No quería tomar el relevo de tal juego. Ni siquiera quería seguir formando parte de él.
Te dije que contaras con los ojos cerrados, sin embargo, tú, con los ojos abiertos, viste y contaste las cien heridas que se acumulaban en mi piel. Y en mi alma.
 
Pero ya no.
Me salvaron mis compañeros.
Me salvé yo misma.
 
"Por mí".
 
Y por nadie más.






lunes, 15 de septiembre de 2014

*A ELLA*

Voz alta y resonante, 
de un amigo me llegaba 
un poema escalofriante, 
del que no se atrevía a decir palabra...

Hoy te quiero yo contar 
la nostalgia que yo tengo, 
que no es más que despertar
en tus ojos, en tu cuerpo.

Mil noches pasarán 
con los mismos sentimientos, 
¿qué es la rosa sin rosal, 
sin espinas ni lamentos?

Si tu amor no ha de llegar.
Y sí, el vino a la vid,
entonces he de juzgar.
Que el amor no es ser feliz.

Soy feliz cuando te tengo
cuando ríes, cuando sueño, 
cuando vienes, cuando vengo, 
si te empeñas, yo me empeño.

A quererte desde hoy,
a que mires en ti dentro, 
pues eso es lo que soy
cuando escribo, cuando pienso.

Pero el pensar ya se acabó, 
igual que Eolo, igual que el viento,
porque al quererte terminó 
toda mi voz, todo mi aliento. 


lunes, 16 de junio de 2014

Apolo y Dafne.

03:54 a.m. Noche cerrada en una habitación abierta.
Por la ventana entraba un suave suspiro de aire. Suspiro que me repetía una y otra vez lo mismo.
Soñaba con aquellas palabras. Cada noche el viento me las traía de nuevo a mi cama. De su olor mi almohada se quedaba impregnada, mi almohada de aquel frío sudor se quedaba empapada. 
Pero, cada noche, la oscuridad me rodeaba. Cada noche los fantasmas pasaban por la ventana. 
Soñaba, sí, con aquellas palabras, pero con otras muchas cosas más...

Mi amor se encontraba de espaldas y, como el horizonte que siempre se nos escapa de las manos, él parecía estar cada vez más lejos, incluso cuando mis pies ya no podían aguantar más zancadas. Me dirigía hacia él. Algunas veces llegaba a rozarle, otras noches conseguía hacerle girar la cara y ver su rostro. Un rostro, no entendía por qué, aterrado. Un rostro en el que podía ver claramente miedo. "¿Miedo de qué?", me preguntaba. En seguida en mil pedazos se rompía mi alma. Otras noches lograba ver con claridad su espalda, aquella espalda tan bonita que tantas veces me quedé observando. Y besando. 
Sigo corriendo detrás de él, pero no llego. Me tiemblan los pies, me falta la respiración y los músculos se tensan demasiado. Me invade la frustración, el no saber qué hacer. Antes de darme cuenta estoy tirada en el suelo, ¿me han fallado las rodillas? Me las abrazo y dejo de correr. Le veo parado. De pie. A apenas unos pasos. Jadeo. Gimo. Mi respiración no puede dejar de ser alterada. Me falta aire y, sobre todo, me falta él. Siento que poco a poco algo de mí se va rompiendo. Entonces, le veo. Sé perfectamente lo que pretende y me levanto de un salto. A veces le llamo gritando, otras veces su nombre se mezcla con un grito desesperado y, otras muchas, las lágrimas ahogan el grito, su nombre, mi cuello. Me ahogan y no puedo verte ni llamarte bien. Repito tu nombre, dos, tres, incluso cuatro veces. Pero no te giras. No vuelves a mí.

Y sigo corriendo. Y sigues alejándote.

No llego a darte un beso. Las yemas de mis dedos apenas rozan tu piel cuando, de repente, desapareces. Algunas noches desapareces, otras te conviertes en laurel. 

Me levanto entre lágrimas y entre gritos. Te tengo pero no te consigo. Por la ventana entraba un suave suspiro de aire. Suspiro que me repetía una y otra vez lo mismo...
...Ven, te necesito. 

jueves, 16 de enero de 2014

El efecto de un beso de mariposa.

Mi pelo no es tan largo como quisiera
y se me encrespa en seguida.
Cada mañana parezco una fiera, 
culpa de los cabellos polirrizos que ya intenté alisar.

Pero el color te tiene enamorado
y te encanta verlo brillar.
Ni pelirrojo ni castaño:
caoba es el color con el que empezaste a soñar.

No tengo piernas largas y sin un rasguño.
Ni me quedan perfectos, como a ellas, ciertos vaqueros.
Pero sé que son de piedra, 
para pisar bien fuerte por el mundo.
Educadas en ritmos o en ruedas. 
Sea como sea, siempre te dejo mudo.

No tengo manos finas, 
a veces uñas sin pintar,
otras me entran los nervios
y a la boca mis dedos van.
Pero recorrerán tu cuerpo 
en largas expediciones,
en busca de cosquillas,
de tus lágrimas de felicidad.

Tuya es mi espalda.
Para que la beses, y para que cuentes
uno a uno los lunares 
que a las estrellas te lleven.

Nuestro refugio en las noches de verano.
Nuestra manta en las de invierno.

De nariz imperfecta y de labios pequeños.
Me consideran de un montón, o de otro.
Un lunar en la comisura aguarda tu beso.
Ojos que hablan del cielo y del mar.

Ojos que han raptado un par de girasoles.
Ojos que sólo saben mirar a los tuyos.

De lágrima fácil.
Encojo los hombros 
sonriendo al por qué de mi felicidad.
Ni cuerpo de alfiler ni tacón de aguja.

Te contaré mil historias,
te hablaré de mitos.
Te cantaré y te bailaré
sólo si tú lo haces conmigo.

Sé que te gusto en vestido pero, 
cariño,
mis pies me piden hacer pliés
alrededor de tu ombligo...

Por tanto, tacones baratos
sobran a mis tobillos.
Delgados, tatuados,
matados de tanto ritmo.

A veces podré comportarme como una niña.
Callada, con lágrimas.


Quizás me hayas pisado las bailarinas.


Doradas.


Saltando con ellas, 
ignorando que ese niño pisón
me cambiaría la vida...

jueves, 29 de noviembre de 2012

Perséfone me llaman.


Llamaban, fantasmas en la madera golpeaban sus nudillos fuertemente. Venían hacia mí abriéndome aquella puerta y haciéndome cruzar el umbral que me obligaba a olvidarme de las otras dos salidas: mis otras dos salidas.

Irrumpían en la noche como lo estaban haciendo las hiperventilaciones, las lágrimas y los gemidos. El corazón decía que se rompía, mi pecho se cerraba aún más para cumplir su deseo, se entrecortaba la respiración entre sollozos, y entre mucho dolor. La mente desapareció, cualquier intento de fuga se convertiría en una huida mortal. No había nada más que pensar. Sólo sentía. Sentía el soplo de aire frío que entraba por la ventana, y por fin la puerta se abrió.

Una fuerte claridad inundó la habitación y yo, agarrada una vez más a la sábana, me dejaba las uñas para no irme, para no caer de nuevo, para seguir bañada en mi sudor y en mis lágrimas. Salió de mí un grito ahogado, que se quedó en el nudo que tenía en la garganta, ése que todo esto había provocado. Ése que me hizo volver a aquella noche de Agosto.

Ese nudo de impotencia y de estar perdida.

Y aunque sé a dónde me dirijo, tengo miedo.

Sé que ahora soy una esclava del tiempo.

Me llevan muy lejos, allí donde viven perros de tres cabezas, allí donde barqueros se pasean por su laguna en busca de pasajeros con tan sólo una moneda, allí donde pasaré mis próximos seis meses…

Despertaré, y volveré, para sufrir una vez más.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Éste es mi Renacimiento.

Negro del luto de mi corazón envuelto. Que de momento, voy andando como si tuviera un hada y, también, como si me hubiera mirado un tuerto.
Resuenan las campanas; las tres de la madrugada, y tan sólo traen recuerdos. Dos zumbidos a la luz de la luna llena y, por aquí, viajan las penas.
Gasolina, tus sonrisas y una llama que prenda.
Que te fuiste lo sé, dónde estás es el problema.
Mi subconsciente no es capaz de olvidarte, y apareces en mis sueños.
Se me traban las palabras. Aparecen las lágrimas.
El dolor me ahoga, mis piernas me frenan.
Y como un resurgir de mi alma aparezco. Es así como vivo "mi Renacimiento".
Basta ya de lamentos en el fondo de una copa.
Se acabaron, por favor, las noches, y el miedo a pasarlas sola.
Terminemos con esta sensación de ser una tonta. 
Una del montón. Una casilla más de "la Oca".
Cansada de ver cómo todo son simples jugadas.
Disfruto escribiendo que, para la vida, soy una negada.
La fuerza de Telémaco a levantarse de la silla.
El valor de Príamo al mirar a los ojos de Aquiles.
Oh, musa, que esta noche me has inspirado, dime, canta, cuenta... ¿Qué fue de aquellos sueños?¿Qué fue de aquellas ilusiones? Oh, musa, dime por qué me invade el miedo y por qué no relleno los folios con mis altercados.
Hija del dios Zeus, cuéntame, por favor, si fue por mi pasado que desvivo mi presente y odiaré mi futuro.
Dime, musa, dime, canta, cuenta... ¿Qué fue de aquella bailarina? ¿Qué fue de su sonrisa? ¿Y dónde quedó su mirada llena de chispa?
Renace, y el mundo lo nota.
Pisa fuerte con sus Nike y el ritmo le sobra.
Corazón roto, un adiós que no será un hasta pronto y una cicatriz.
La ciudad no descansará. El mundo ni respirará.
Se ha escapado un monztruo y nadie le impedirá ser feliz.

lunes, 20 de agosto de 2012

"Ésta es nuestra historia, terminémosla juntos"


Me levantaba entre lágrimas gimiendo de dolor. Y allí estabas, envuelto en un olor tan significante, en tu olor. Ese olor que me traerá recuerdos dentro de no mucho, si no lo hace ya.
Vivía aquel Agosto, que siempre recordaré, pero que siempre querré olvidar. El dolor se convertía poco a poco en mi compañero de piso, en mi hermano, en todo aquello que nunca quise ver en el espejo y, por eso mismo, lo rompí, uno a uno, en mil pedazos.
Rota, así me sentía yo. Como un alma perdida sin rumbo que tomar. Como un niño de 7 años que sólo sabe preguntar  “¿por qué?”. ¿Por qué te he de extrañar?
La gente me rodeaba, cada vez más. Me dijiste adiós y, como una inútil, te dejé escapar. Te dejaba ir. Decía adiós junto a ti a momentos increíbles que, segundo a segundo, me hacían la vida mucho más fácil. “La vida es menos puta si estás a mi lado”. No llegué a comprender el significado de dicha frase hasta aquel día. Aquel día en que “Adiós, Claudia” salió de ti. Te sentía a mi lado para siempre. Éramos, y somos, invencibles, pero siempre que estemos juntos.
Esa vez te ibas. Para no volver. Mi alma se desgarraba como nunca antes lo había hecho. ¿Qué me pasaba? Horas enteras, noches sin sueño. Me dejaban deshidratada de tanto llorar. Insomnio y calor en pleno Agosto. Simplemente, me quedaba dormida justo en el momento en el que mi cuerpo derramaba una última lágrima.
Tú jurabas no volver. Me gritabas “te amo”, pero no querías hacerme daño. Era ahí donde yo veía todo irónico. Me hacías el peor daño marchándote de mi vida. Si tú querías, te ibas de  mi vida. Si tú querías, yo me iba de la tuya. Y entonces, morí.